Y dejamos Corsica
Una isla aún salvaje, verde y natural: dos costas opuestas, montañas que atrapan las nubes y una gente que ama su tierra.
Y dejamos Corsica, una isla que aún guarda rincones salvajes e intactos. Virgen, verde y natural.
Dos costas opuestas
Al oeste, para los amantes de los acantilados abruptos que cortan la respiración: atardeceres que enamoran, calas de roca, agua transparente y piedras que, aunque duelan en los pies, embadurnan el alma.
Al este, para quienes disfrutan de largos paseos por playas de arena fina donde, a veces, árboles náufragos decoran la orilla como si fueran obras de arte, y donde el único artista invitado es la propia Naturaleza.
El interior
De lo poco que podemos contar del interior: Corsica también tiene picos altos, incluso nevados, como el Monte Cinto, con sus orgullosos 2.706 metros. Algunos de sus valles son caprichosas mirillas hacia el mar.
En el interior el clima puede cambiar de golpe. Sus picos retienen a menudo las nubes y, con ellas, seguramente la lluvia, y eso la convierte en una isla verde, llena de vegetación. Hacia la costa, como si fuera una coraza, crecen arbustos fuertes, robles y muchos olivos, aparentemente silvestres; tierra adentro hay algo más de pino y también mucho helecho.
Su gente
Corsica no es el lugar donde más bienvenidos nos hemos sentido. Puede que el peso de la historia, con sus conquistas y reconquistas, haya forjado el carácter de su gente: un pueblo que ama su isla, desea su tranquilidad y se muestra escéptico con quien viene de fuera y entra en su casa.
Pero en algo sí coincidimos: la isla engancha, y al final, sin querer, acabarás encontrándote su peculiar silueta ☝️ por todas partes.
Rancherita 💙


